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El arte como refugio y contención del mundo en la obra de
Laura Nieto El´Gazi


Gonzalo Ortega
(mayo de 2026)

“I’m interested in exploring the full spectrum of my behaviours and feelings and actions as a person. I’m not an angel or a political activist. I want to be authentic. I love plastic – and I hate it”. (1) Mika Rottenberg Gran parte de las prácticas artísticas de los últimos cincuenta años han explorado cómo el cuerpo se involucra con estructuras sociales, ecológicas y/o económicas. Este tipo de prácticas se ramifican hacia muy diversas áreas, de tal manera que cada vez es más complejo analizarlas. Sin embargo, si debiéramos encontrar algún hilo conductor que defina a este fenómeno, es el de entender el quehacer artístico como un catalizador de cambio social. En este contexto se inserta la obra de la artista colombiana Laura Nieto El´Gazi (Bogotá, 1984), quien investiga los efectos de la actividad humana en el mundo, mientras los entrama con su historia personal y familiar. Esta singular práctica hace evidente la tensión entre lo íntimo y lo público; construyendo una versión del “yo” en un momento de la historia en el que la presencia humana se plantea como un agente destructivo para el planeta. Y mientras que son innegables las consecuencias devastadoras del extractivismo desmedido, el cambio climático y la tiranía de los grandes corporativos, solemos poner poca atención en el impacto que esto tiene en la salud mental. Ya a inicios del Siglo XX, el filósofo alemán Georg Simmel (Berlín, 1858–1918), en su libro Las grandes ciudades y la vida del espíritu, notó cómo la vida en la gran ciudad transformaba profundamente la experiencia humana, pues sometía al individuo a una sobrecarga constante de estímulos, ritmos acelerados y relaciones impersonales. De esta manera, el sujeto desarrolla una actitud blasé (término en francés para una indiferencia urbana ante el desgaste emocional) como mecanismo de defensa frente a la saturación sensorial; lo que deriva en indiferencia, distanciamiento emocional y una pérdida de vínculos cualitativos. La racionalidad del dinero reduce todo a valores cuantificables, mientras que la libertad individual se erosiona gravemente. Así, la modernidad urbana produce simultáneamente “intensificación” de la vida y empobrecimiento de la experiencia subjetiva. Para Laura este tipo de cuestionamientos es esencial, pues es la única manera de articular la relación entre el ser humano y su entorno. Dentro de su obra, el cuerpo y la identidad aparecen como un primer territorio de observación, que más adelante se proyectan hacia sus espacios privados; así como hacia la ciudad y lo urbano. Cuestiones como la contaminación, la acumulación, la salud mental y el caos dejan de ser fenómenos aislados para leerse como síntomas de una misma condición contemporánea. Su obra no busca representar estos estados de manera directa, sino ponerlos en funcionamiento; hacerlos visibles en sus fricciones y superposiciones. En años recientes, este eje se ha consolidado con mayor precisión, afinando un lenguaje en el que lo cotidiano se revela como un espacio cargado de tensiones. Creció en un entorno familiar atravesado por el arte y las humanidades, entre la práctica de su padre como crítico de cine y gestor cultural, así como una cercanía materna al coleccionismo y la creación, estuvo expuesta desde temprana edad a museos, exposiciones y diversas disciplinas como la música, la danza y el teatro. Inició su formación artística durante su infancia con la cerámica, y la consolidó en espacios escolares y sociales afines, hasta reconocer -al final del colegio- la posibilidad de una trayectoria profesional en el campo creativo. Durante sus estudios en artes plásticas en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, su producción se desplazó de medios tradicionales hacia lenguajes como el performance, el video y la instalación, en paralelo a un creciente interés por la teoría y por el papel del arte en la vida social. Tras graduarse, su experiencia docente en contextos de bajos recursos y la organización de proyectos culturales fortalecieron una visión que integra de manera orgánica la producción artística, la pedagogía y la gestión cultural como campos interrelacionados. Este trasfondo personal la llevaría a replantear constantemente la relación orgánica y cambiante de los diversos materiales con los que ha tenido contacto. Su inclinación temprana hacia el trabajo manual, en su caso va más allá de sólo poner en marcha habilidades técnicas. Para Laura la manualidad no es una actividad menor, sino un acto significativo de construcción espacial y simbólica. La cerámica ha persistido en su obra como un lenguaje clave debido a la versatilidad e intuición que detona; permitiéndole explorar múltiples aspectos. Sin embargo, su paso por la universidad amplió este horizonte hacia el uso del cuerpo, el performance y otros medios, consolidando una práctica abierta, interdisciplinaria y profundamente vinculada a la experiencia personal y contextual. Ella describe una etapa en la que el performance y el video se convirtieron en medios importantes dentro de su producción. La interrelación de ambos le permitió construir sentido, integrando reflexiones teóricas en torno a la relación entre cuerpo, mente y entorno, operando en una especie de círculo simbiótico entre lo micro y lo macro. En su obra ciertas decisiones de carácter íntimo se vuelven el motor de su producción creativa, como por ejemplo: ¿Cómo se relaciona con su cuerpo, su identidad y sus hábitos? ¿Y cómo estos hábitos devienen en dinámicas colectivas más amplias, como: consumo, producción, acumulación y, eventualmente, la generación de residuos? Así, la hiperproductividad a la que nos vemos obligados los seres humanos en el contexto cultural actual conduce a reflexiones existenciales profundas. Una línea de investigación reciente se enfoca en ciertas prácticas de consumo contemporáneas; particularmente en la lógica de usar y desechar. Estas costumbres normalizadas generan una forma alienada de relación con los objetos; en contraste con tradiciones donde la reparación aún conserva valor. La obra despliega una tensión entre lo material y lo simbólico: la imposibilidad real de restaurar el espacio frente al gesto insistente de reparación, que persiste aun sabiendo su límite. No se trata de ofrecer una solución, sino de hacer visible esa contradicción, de sostenerla como un punto de fricción. Por ello es relevante la referencia a la técnica japonesa conocida como kintsugi, que utiliza resinas mezcladas con polvo de oro, plata o platino para reparar piezas de cerámica rotas. Esta técnica -o postura filosófica si se piensa así- propone que la fractura y la reparación forman parte de la historia del objeto, haciéndola visible en lugar de ocultarla. Estas ideas dialogan también con los planteamientos de Michael Braungart (Alemania, 1958) químico y pensador conocido por promover modelos de diseño sostenible basados en ciclos cerrados sin generación de residuos. En su libro Cradle to Cradle, la noción de residuo como falla del diseño cuestiona las lógicas lineales de producción y consumo, proponiendo en cambio una reconfiguración de los ciclos materiales. Sin embargo, ambas referencias -el kintsugi y el modelo ideal de Braungart- enfrentan a un enorme sistema de producción y consumo que revela cínicamente su propia inviabilidad, dejando al descubierto prácticas basadas únicamente en intereses económicos. Laura cuestiona por lo tanto la hiperproductividad enraizada en nuestro momento histórico. Ha encontrado, por lo tanto, mucho sentido en las ideas del filósofo surcoreano Byung-Chul Han y su noción de la “sociedad del cansancio”, donde el exceso de exigencia y autoexplotación impactan directamente en la salud mental. Este giro la ha llevado a cuestionarse su propia implicación en esa lógica. Es decir: ¿cómo habita ella misma ese estado de hiperactividad y productividad constante? ¿Cómo puede (o debe) posicionarse frente a la existencia de lugares que evidencian en extremo estas problemáticas? Es el caso de páramos completamente desatendidos, con escasa regulación y poca visibilidad política, donde se concentran los efectos más extremos del consumo global. Ciertas playas en Ghana saturadas por desechos del así llamado fast fashion; el desierto de Atacama en Chile con acumulaciones masivas de ropa; o la isla de plástico en el Pacífico. Geografías donde las consecuencias del sistema se hacen visibles precisamente por la ausencia de control. Esta mirada también se traslada a contextos más cercanos, como la ciudad de Santa Marta, en Colombia, que es un espacio abandonado en términos de gestión y atención institucional. O el páramo de Chingaza, también en Colombia, fuente de agua para Bogotá en el que intereses corporativos —como la presencia de plantas embotelladoras— tensionan la relación entre recursos naturales, políticas públicas y responsabilidad individual. En este punto su reflexión se articula en dos niveles. Por un lado, hay una dimensión crítica y política que señala directamente las estructuras industriales y económicas responsables de estas problemáticas. Por otro lado, se mantiene una línea de investigación sobre la conciencia individual y el posicionamiento personal frente a estos fenómenos. Ambas dimensiones no son excluyentes, sino complementarias en su obra. No es extraño entonces que encuentre similitudes con la postura artística de la artista argentina Mika Rottenberg, quien explora de manera muy intuitiva, y a la vez crítica, la lógica dominante de las cadenas de producción, el capitalismo, la alienación laboral, y la Distopía actual. O incluso en la famosa ficción de George Orwell en su libro 1984 en la que resuena extrañamente nuestra realidad actual, casi como si el autor hubiese tenido una premonición. Laura propone investigar la relación de los seres humanos con el mundo material y con los objetos que nos rodean como una posible vía hacia una mayor estabilidad emocional y bienestar psicológico. Su obra se desplaza hacia una dimensión existencial en la que emergen preguntas sobre el vacío, la identidad y la experiencia cotidiana. Por medio de su universo creativo nos invita a una auto-exploración consciente, entendida como una forma de enfrentar la depresión, la ansiedad y el agotamiento que caracterizan a nuestro tiempo. La combinación entre hecho y ficción —entre la percepción subjetiva de los lugares y sus condiciones materiales— se convierte en uno de los ejes fundamentales de su práctica artística. Su trabajo habita ese espacio incierto donde los paisajes exteriores encuentran resonancia en la vida emocional de quienes los recorren. Allí, las huellas de la acción humana sobre el mundo aparecen también como marcas sobre la conciencia, revelando que la relación con el entorno no es únicamente física o económica, sino profundamente afectiva y existencial. (1) https://www.studiointernational.com/index.php/mika-rottenberg-interview-vibrant-matter-hauser-and-wirth-menorca?utm_source=chatgpt.com

De la grieta al glitch
Entre Nos

En el marco de la residencia R.A.R.O. Bogotá
 
Laura Zarta
(2026) 
 

Laura es una artista colombiana cuya obra gira en torno al cuerpo entendido no solo como entidad física, sino como agente activo en la construcción de identidad, experiencia y relación con el entorno. Con una amplia trayectoria en cerámica y fundadora de Alharaca, taller y escuela dedicada a este oficio, su práctica se caracteriza por la acumulación, la repetición y la superposición de materiales, generando una sensación de saturación que refleja la búsqueda de sentido en un mundo acelerado y caótico. De la grieta al glitch, parte de una experiencia personal de agotamiento frente a la hiperproductividad, atravesada por sus múltiples roles como madre, artista y gestora cultural, para expandirse hacia una crítica más amplia al ritmo frenético de la contemporaneidad. La instalación pone en diálogo la cerámica, asociada a tiempos lentos y procesos táctile, con la inteligencia artificial, generando existencias paralelas vinculadas a la administración de la vida cotidiana. Las listas evolucionan de formatos estructurados hacia comentarios cargados de humor que juegan con la materialidad misma, revelando tanto la presión como el absurdo de nuestras dinámicas productivas.

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